La curiosidad es la capacidad de ver el mundo con una mirada fresca y nueva cada día. La imaginación, por otra parte es la capacidad de fantasear y de soñar.
Cuando escuchamos hablar de la curiosidad, la palabra nos remite inmediatamente a los niños. Ellos son curiosos por naturaleza, todo les llama la atención, se maravillan ante lo pequeño, lo cotidiano, se preguntan cómo funciona. En su nuevo mundo todo es posible, logran hacer cosas inverosímiles para nosotros los adultos, porque ellos todavía no cargan con el “no se puede” que nos limita como adultos.
La imaginación parte de nuestro interior y nos permite colocar un lente de colores a nuestro mundo interno. En éste aspecto, tampoco salimos bien librados los adultos, los niños nos llevan la delantera y nos apabullan con sus comentarios.
Al mirar la seguridad con la cual mi hijo de 6 años toma el lápiz y comienza a dibujar naves extraterrestres, torbellinos de rayos solares, bosques encantados, donde los árboles producen relojes… en fin, su mente siempre está trabajando en algo nuevo.
Si como adultos pudiéramos despojarnos de lo que el sentido común, la lógica y la vida cotidiana nos han restringido, podríamos dar rienda suelta a una capacidad creativa sin límites y ésa debe ser nuestra meta: volver a mirar el mundo con ojos nuevos cada mañana.
Deleitarnos nuevamente con una gota de rocío, con los rayos del sol al amanecer, con la luz a través la escarcha en las frías mañanas del invierno. Disfrutar las primeras flores en la primavera, el musgo y los hongos en un tronco del parque… la transparencia de una hoja, los colores del atardecer, el brillo de un cachito de luna.
Escuchar música y dejar que nos brinde nuevas sensaciones, leer poesía, disfrutar la visita a un museo y estudiar la historia del arte, son el mejor alimento de nuestra imaginación.
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Fotografías de Victoria Restrepo ©
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